martes, 1 de septiembre de 2015

Namaste


Hasta aquí mi etapa. Termino este blog que un día empecé con el fin de regalárselo algún día a mis hijos. En especial a Celia.

Casi seis años.

Siento que si sigo aquí continuaré estancada en unas circunstancias que ya no existen. Me releo y no me encuentro. Parezco otra. Ahora leo más, escribo menos. Y actúo diferente.

Volvimos a mudarnos, volvió la crisis. Tocaba acomodarse, hacer tuyo algo tan ajeno. Qué difícil.
Pero el tiempo pasa y el destino pone en tu camino circunstancias y personas. A veces esas circunstancias y esas personas son determinantes. 

A veces, puedes sentir un hogar con varias cajas por desembalar. Lo juro.

A veces, ese dolor de tripa, esa sensación extraña con lo que "hay" para nuestros hijos, desaparece.

A veces, todo empieza a tener sentido.

A veces, tu camino te lleva a seguir avanzando porque lo contrario supone más esfuerzo. Y entonces, pareces despertar. Ya nada te para.

Así es.

He encontrado una maravillosa tribu que me hace disfrutar de mi crianza.

He encontrado el modo en que mis hijos tengan la educación que se merecen.

He averiguado que la particularidad de Celia, su especial forma de pensar, en definitiva, su capacidad intelectual, es más alta de lo que corresponde a su edad cronológica. Es maravillosa su mente. Pero eso implica mucho más por parte de su entorno. Debemos estar a la altura y en ello andamos. 
Por otro lado, el resultado del dictamen, nos relaja y ayuda a comprender ciertas actitudes. Y comprender es un gran paso. 

Y es este cúmulo de factores -y otras pequeñeces- el que me lleva a emprender un proyecto del que se beneficiarán mis hijos y los hijos de mucha gente maravillosa que hace de mi camino un trayecto con música y olor a lavanda.

Por todo esto, necesito pasar página y empezar a hablar de otras cosas que también tienen que ver con el amor, pero en otro tono.

Agradezco a todas las personas que han estado en mi camino el aporte vital que han supuesto. Agradezco, a EAM el que me haya puesto las cosas tan difíciles tras nuestro paso por Mallorca y haya hecho que no me conforme con menos. Sobre todo, agradezco lo que hicieron en mi hija. O lo que no hicieron, mejor dicho.
Agradezco el trabajo de mi marido, porque nos ha permitido vivir lo vivido, pese al coste. Pero estamos aquí. Donde debemos.



Hola. Adiós. Gracias.


Nahema.






viernes, 23 de enero de 2015

Diosa Griega



Mi hermana se ha hecho madre. Hoy hace cinco meses.

Mi hermana,14 meses más pequeña que yo, ha puesto mi corazón en su puño y lo ha estrujado desde aquel positivo. Ha cogido mi mano para que le enseñara mi mundo y ha abrazado por sí misma lo que yo tuve que leer para entender.

“No soy como tú” me decía cuando hablábamos del parto, de la lactancia, de la crianza, del irremediable cambio en su persona. Y aun así, aguantaba sermones, whatsapps e incluso prohibiciones que salían de mi derecho por el artículo treinta y tres de hermana mayor.

Tuve que hacer ejercicio de contención pues mi invasiva personalidad no beneficia su libertad de actuación. Su ensayo-error. Por otro lado, tenía pánico a que ella viviese un error.

Toda la vida igual, sintiéndome responsable de ella. Sin pedírmelo.

Ella no lo necesitaba. Ella preguntaba, observaba, sentía. Se comportaba como una madre y tomó sus decisiones. Ella es muy inteligente y debo recordármelo.

No dormí nada el día en que su hija avisaba de su llegada. Mis defensas me abandonaron y mi menstruación se adelantó. En la –demasiada- distancia, mi cuerpo parecía querer parir con ella. Mis hijos me echaron de menos pues yo sólo tenía ojos para el whatsapp y mi mente no estaba aunque no hubiese móvil delante.

Mi hermana nació como madre a la hora prevista –tengo buen ojo -.Y  la nacida en la Isla de Thera parió a una Diosa Griega. Preciosa, enorme y hecha para sobrevivir.

Diosa que me dividió un poco más el corazón. Me recordaba a mi hermana, de pequeña. Me recordaba a su padre. Y también a mi hija. Me recordaba a mi gente. Y es maravilloso.

Ver cómo pertenece a sí misma y a la vez un poquito a los demás. Sentirla tuya. Quererla como tuya. De tu clan. De donde vengo.
Sentir, con más objetividad que si se tratase de mi propia hija, lo maravilloso de la naturaleza. De los genes. De la vida.
En cierto modo ella devuelve parte de lo que el universo se llevó demasiado pronto. Y el significado de esto hay que vivirlo para abarcarlo.

Mi pequeña Diosa Griega se aferró a la teta “como si le fuese la vida en ello”  y no pude evitar llevarme así mi primera satisfacción.
Mi hermana y mi cuñado se ocuparon de lo demás. Como debe ser.

Ha pasado dos mastitis, crisis, estrés, colecho, noduermosintí,… y siguen nadando, tal y como lo esperaba, tal y como no creían. Pero ha salido de ellos. Ella, se reponía. Él la sostenía. Como debe ser. Y así sigue siendo.

Esta niña es muy afortunada. Tiene suerte de tener ambos padres implicados –y horarios y lugar de trabajo flexibles- para disfrutar más equitativa y serenamente los primeros meses de su recién estrenada familia. Y mi sobrina lo compensa con la tranquilidad de un bebé satisfecho y feliz.


No, mi hermana no es como yo. Es mucho mejor.



CLC


martes, 6 de enero de 2015

De intentos de biodescodificar(me)



Los biodescodificadores dicen que tengo conflicto de territorio.
Infecciones que van directas a mis pulmones. Que un leve dolor de garganta se traduce en una insoportable tos asmática que me deja molidos los músculos del tórax y espalda baja.
El toque asmático, además, centra en mi círculo cercano (para que no vaya a rebuscar rencillas ancestrales)

No sé a qué se refiere. A lo mejor es debido a la falta de hogar físico. Puede que se haya acumulado bobadas como no darle importancia a las cosas materiales que compré y están embaladas en un trastero. O en dos.

A  vivir con el "no sé hasta cuando" aquí.
A saber que en mes y medio volveré a llenar mi coche de pocas cosas.
A volver a identificarme en un lugar que no es el mío. Con paredes pintadas y manchadas por otras personas que ni conozco.
Rellenando, en el mejor de los casos, con algún mueble mío un espacio vacío entre muebles de otros
Descubriendo desconocidos y tratar de hacerlos conocidos para facilitar nuestra existencia.
Volver a hacerme con un entorno de confianza.
Sentirme de prestado en el hogar en que crecí porque ya no pertenezco a él de la misma forma y no puedo/debo tomar decisiones al respecto.
Dejar amigos y no poder visitar ni recibir como me gustaría por falta de hogar.

O a lo mejor no es a ese territorio al que se refiere. Hablaban de conflictos de pareja. Puede que se refiera a esa bobada que me estruja las tripas cada vez que mi marido y padre de mis hijos, aquel que llega a cenar de forma habitual, se atreve a decirme cómo cambiar un pañal. Y mi hijo con una otitis que no cura. Parece que oyó cosas que no quisiera oír.

Otro territorio que podría ser invadido es el laboral... no se si se referirá a que debo dejarlo. El trabajo que tenía y el que había planeado. Debo ceder ese territorio y alistarme en el INEM para seguir a mi familia.

Puede que sea todas estas cosas. O puede que no sea ninguna. Desde luego, cuando se lo leí a mi marido me dijo que tosía así porque en la isla se acentúa el asma de los que tenemos esa propensión. Así es que tendrá que ser por eso..



CLC.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Al final de mi calle...



...hay un acantilado precioso. Que se ha llevado lágrimas de todos los colores. Que me ha regalado imágenes de la misma categoría e intensidad.

Y así me hallé.
En quince días.  Celia no iría más al colegio que estaba empezando a digerir. Ni a música. Ni a natación. Ni al parque. O sí. Pero ya no iría con su amiga de toda su corta vida.

¿Y yo? En Mallorca no hay Curves –sí, mi neurona pensó en eso, ya dije que me estaba poniendo demasiado buena, con sus contras-. Hiperventilo. ¿En esto quedó mi puesta a punto? O ¿me puse a punto para esto?

Mallorca, ¡qué bonito! Y qué lejano. Y qué sola.

Pero Vikinga acaba de nacer. Tenía otros planes. Baja maternal juntas, planeando, arropándonos. Continuando la embriaguez de su nacimiento.  No es justo.

Qué experiencia la de Mallorca. Naturaleza y vida. Pura vida. Nueva oportunidades educativas para Celia me motivaban al cambio.

¿Qué mensaje es éste? O no hay mensaje. Al menos no es Perú.
Mudanza. Adiós. Demasiados adioses. A gente, a lugares. A mi casa –que no mi hogar, ese me lo llevé puesto-.

Mi bebé crecería junto a los que necesita, pero ¿qué pasa con los que le necesitan a él?
Y no me puedo quejar. Al menos, no es Perú. Y me voy con mis hijos.  Mi suegra ha tenido que despedir a dos de ellos, ley de vida “extreme”.

Nos trae un barquito con nuestro coche lleno de muy pocas cosas.
Elegimos una casa, con jardín, en un lugar tranquilo y bonito. Y el mar de fondo. Un lugar rodeado de naturaleza en el que nuestros hijos serían felices.
Llega el día dos y me encuentro con casa que limpiar, cajas que desembalar  y mil cosas que comprar. Sola y con dos hijos. Por primera vez en mi vida me doy cuenta de lo importante que es contar con alguien.

Manuel aumenta a trece las horas que pasa fuera de casa. Pura vida.

El entorno, aunque precioso, no es el mío. Al final de mi calle no había mar, había una carnicería. Pero esa carnicería me proveía de la mejor carne que había encontrado desde que llegué a Madrid. Y acababan de abrir en frente una frutería con unas chicas muy majas. Un poquito más allá estaba la cafetería donde los niños podían jugar mientras nos reuníamos mi pequeña gran tribu a hablar con matices de café frío.
Me advirtieron del carácter isleño, pero no me ha parecido para tanto. Son reservados. Pero los manchegos no somos más simpáticos –salvo excepciones-. En eso les siento cercanos.
Creo que somos gente que generacionalmente se ha acostumbrado a decir adiós (gracias Merce, me diste la clave) y eso se ha impregnado en sus raíces. Les entiendo. Pero, por encima de todo, me entienden. Y me he sentido muy abrazada. Primero virtual y luego físicamente.

Entré en un grupo en facebook, en el que conocí a buena gente: Bea, Noe, Patricia, ... María. 
De ellas, María ha marcado un antes y un después y no me da las palabras para agradecer. Siempre tan atenta, tan cabal. María tiene una hermana que vale oro. Y me ha encantado ver su relación tan de cerca, he imaginado cómo sería estar cerca de mi hermana, que nuestros hijos creciesen juntos...

Hay algunas más. Mamás en situaciones similares a las mías, mamás con las que coincido en talleres,... siempre amables, siempre agradecida.

Pero sin duda hay alguien en especial a quien me ha emocionado conocer. Una de esas personas que atraen irremediablemente. Máxime cuando la he estado siguiendo tanto tiempo. Me encantaría que continuara escribiendo, contando su historia. Hay mucho que compartir.

Volviendo a mi historia, en un principio me sentía frustrada. Como si me acabase de levantar y no me enterase de nada. No les entendía y me hablaban en castellano. No me acostumbraba a un acento que parecía cantar. Parecía boba haciendo repetir hasta tres veces la misma cosa. Pero nunca me ha faltado una sonrisa o una palabra cálida.

Por mi parte no ha habido mucha intención de profundizar.  Es un tema mío. ¿Para qué voy a enraizar? Volveré a decir adiós. Volverá a doler. No me apetece.

Por un (largo) tiempo mis conversaciones con adultos eran lamentos. Me aburría a mí misma de escucharme siempre la misma canción. Y siempre el mismo final “hay cosas peores”, pero yo sólo quería llorar. Eso y echar la culpa a mi marido de mi situación. No he sido el mejor apoyo del mundo. Estoy intentando solucionarlo. Pero me ha costado verlo. Ver que el origen de mis males soy yo. Una muy muy especial mamá de un muy muy especial niño me dio la clave. Algo me hizo clic. No podía pasarme los días lamentándome. Necesitaba ayuda.

Que la vida no es mía. Que cambia y yo la tengo que bailar. Necesitaba encontrarme y detectar qué me hace de verdad feliz.

Llegué a la conclusión que lo que me hace feliz lo tenía, pero había un montón de pequeñas cosas que me desestabilizaban y me influían negativamente a la hora de verlo con nitidez.
No podía tener todas esas pequeñas cosas. Mi entorno y circunstancias habían cambiado, entonces tenía que encontrar la manera de adoptar otros pequeños placeres.

La belleza del lugar, el nuevo ritmo, la simplificación, las nuevas formas de ocio, el mar. Todo esto lo ponía bastante fácil. Luego, unos pequeños matices organizativos y logísticos. Y apertura de nuevo a la amistad. A la tribu.

Merece la pena disfrutar del camino que no temer un hipotético –pero más que posible- adiós.
El viaje para recoger a mi hija del cole es otro mundo. Puede que deba coger el coche, pero el paisaje, que cambia con cada matiz de luz y meteorológico, es lo más hermoso que he visto.

Una carretera estrecha, con árboles, que de pronto te descubre toda la bahía de Palma para que, antes de que te canses, gire hacia la variable sierra de la Tramuntana. Por unos segundos tienes ambas cosas a la vez.
Y cada día de un color. Nuevas cordilleras, nueva vegetación y nuevo turquesa para el mar.
Eso invita a conducir despacio. No hace falta ir de prisa porque sí. Esto no es de aquí. Se va deprisa si tienes prisa. Si no, no. Parece lógico ¿no? Pues en la M-50 nadie lo ha pensado.

Eso de ir al centro comercial los fines de semana… ¡eso no es vida! Vida es salir, al mar, al campo, a la sierra, a las reservas naturales o al jardín. Pintar en el suelo.  Carrera de caracoles. ¡Recogida de palos y otros tesoros!

Tener a alguien. Con quien hablar de leches, de tetas, de cacas, de educación, de cocina. Con quién organizar talleres. No sentirte sola.

Y volver al gimnasio. Disfrutar de sus endorfinas y volver a caber donde no querías haber dejado de caber.

Al final de mi calle hay un acantilado precioso. Antes sólo había una carnicería.

Pero una calle tiene dos finales y, hacia el otro lado, vivía la persona en la que me apoyé en el camino de la maternidad desde el primer momento. Y aún no he dejado de cojear.


CLC


miércoles, 17 de diciembre de 2014

Metamorfosis de CLC


Pienso que todo cambio interior conlleva un cambio exterior.

Dado que el SPF se extendió en el tiempo, cansada de ser la única que me veía en la 38, quise demostrar a los demás que realmente cabía en esa talla (y en una menos!)

Y mi mente se enfocó en mi cuerpo.

Me apunté a un gimnasio de una conocida cadena sólo para mujeres, hice una dieta saludable y poco restrictiva (muy restrictiva en cuanto a dulces hipercalóricos, eso sí) y a sudar kilos.

Podómetro en pantalón. Dormía en mi mesilla de noche junto a la Tablet. Era lo último que me quitaba y lo primero que me ponía por la mañana. El mínimo inicial eran diez mil pasos. A eso le sumé dos hijos y tres días de gimnasio.

Empecé a perder peso, rápidamente y en pocos meses. Pero fueron durillos. A nivel físico y de organización. Conté con mi compañero de camino. Sin él, no hubiese podido tener ese ratito cada tres días. Y es mucho, dado lo complicado del “compromiso” horario de su trabajo.

Una vez cogido el ritmo, todo fue rodado.  Y despedir  varios kilos al mes,  da subidón.

Así es que esto no ayudó mucho a bajar de mi nube. Como contrapartida me embrutecí. Pero tenía que elegir, temporalmente. Luego –diecisiete kilos después-  volví a aumentar un poco la cantidad de hidratos. Y ahí ando... soy una tía buena no tan lista, pero bastante feliz.

Bromas aparte, creo que ha sido todo un reto. Desde que nació Manuel, siento que soy capaz de todo. 

Que he puesto al límite mi cuerpo y mi psique y lo he rebasado. Y esto lo llevo a cualquier parte de mi vida diaria. Soy capaz de correr durante cuarenta minutos o más. Antes pensaba que moriría si mis carreras duraban más de diez. Sigo sintiendo esa necesidad de llegar. De esforzarme, de ponerme al límite y traspasarlo. Me he hecho una yonqui de ese subidón. Es una sensación difícil de describir. 

Soy capaz. Yo lo pienso, yo lo consigo.
Y esto, creo que no ha hecho más que empezar. Creo que esta necesidad me enriquece como persona y me enfoca.

Ahora estoy en una situación personal un poco extraña, de observación, de prospección. Pero sé que cuando me arranque, que cuando empiece a correr, será para volar.

CLC




jueves, 11 de diciembre de 2014

A vueltas con el cole (II)



Celia empezó el cole hace un año. El lugar donde estará el mayor tiempo de su vida de estudiante - por regla general-. Yo tenía incertidumbre pese a que pensaba que había elegido el colegio adecuado.
La línea del colegio me gustó mucho. Sabía que, dentro de las limitaciones del sistema, sería la mejor opción de mi ciudad.

Y puede que el cole sea así. Otra cosa es la república de cada clase.

Aunque no había caído, a Celia le tocó un profe chico. Digan lo que digan, los chicos gritan menos por lo que le di un punto, así, a lo loco.
Pero lo que vino después bien merece otro blog.

En todo el tiempo que estuvo no me conseguí adaptar. Celia sí. Pero eso no es lo que yo quería para ella. Quiero que sea feliz. Hoy, mañana y siempre.
Y vi cómo se podía desmoronar todo por lo que yo había luchado. Todo lo que quería evitar para ella.
Tras nuestra entrevista inicial en la que rellené un absurdo cuestionario para, según rezaba, conocer mejor a mi hija - o para ver lo que yo opino de mi hija, pues para conocerla, sólo hace falta hablar con ella, pero se ve que con tres años no se les da esa oportunidad-, tuvimos una entrevista con el profesor. Profe profe, hasta conmigo.
Aproveché para comentarle "la sobrada que se habían pegao" los redactores del cuestionario acerca de mi hija, haciendo preguntas que pertenecían a la intimidad de nuestra familia - forma de dormir, por ejemplo-. En esa entrevista me hizo ver que lo que se trabajase en la escuela era bueno que fuese reforzado en casa. Y me mostré totalmente de acuerdo. En educación, cole y familia deben ser uno. Por eso, utilizando esa misma regla, aproveché para comentar que ese trabajo debería ser en ambas direcciones. En casa educo, es mi responsabilidad. Más que la suya. Por eso mismo le comenté que en nuestra forma de educación no cabían castigos, ni premios, ni ninguna técnica de modificación de conducta - bien, alguna empleo, inconscientemente, pero esto es como ir al médico, hay que ponérselo muy negro para que hagan algo de caso- y él me dijo que lo tendría en cuenta. Aunque me intentó convencer con los premios y los beneficios que aportaban correctamente utilizados. Tema que zanjé con un "yo no he estudiado cómo hacerlo correctamente, por lo que me guío por mi sentido común" y el pareció estar de acuerdo.
Incluso quise interpretar que estábamos cercanos en puntos de vista...

Dos semanas después mi hija fue castigada en la silla de pensar. En el momento de relajación, ella se atrevió a jugar con las coletas de su compañera de al lado. Ella pensó en rinocerontes y dinosaurios. Y yo me convertí en uno de ellos. A partir de ahí se acabó la confianza.
Reunión con la jefa de estudios, que se mostró muy abierta a repartir entre el ciclo una carta que escribí y para la que me brindó su visto bueno una vieja amiga... un lujo de persona que movilizó a la blogosfera enriqueciendo este mundo con muy buenos artículos al respecto e incluso una petición en change.org, aunque fueran posteriores a la carta en cuestión. Esa circular, también la dejé para que los padres la leyesen. Sabía que una familia rogaba, pero varias, exigían. Y ese era mi objetivo.

Me costó mucho tomar esa decisión. Orgullo de uniones a mi causa y pequeñas decepciones. Pero no había marcha atrás. Si creo que mi hija debe luchar por lo que quiere, tenía que dar ejemplo. Y así lo tomé, como una prueba. Como el comienzo del ejemplo que debo dar.
Esconderme, tragar, agachar la cabeza y seguir adelante a trompicones no es vida. NI EJEMPLO.

Es mi hija, si no lo hago por ella, por quién lo voy a hacer.
Las reacciones no se hicieron esperar. Reuniones acaloradas y desagradables, lo cual me hizo ver la soberbia y escasa capacidad de auto crítica de algunos de nuestros maestros. Esa persona que también es responsable de su educación. Es su ejemplo.

Angustiada escuchaba canciones humillantes cantadas por Celia en pleno proceso de adaptación. Cómo salía con sus pegatinas verdes. Vi cómo alguna niña salía del cole llorando por tener una pegatina roja.
Cómo, al comentar un error humano (quiero pensar) cometido hacia mi hija, no hay ni una sola disculpa.
Asistí a reuniones organizadas por el AMPA, orientadas a adiestrar a nuestros hijos. Protesté y discutí sobre las barbaridades que escuchaba y me vine abajo cuando el grueso de los padres las secundaban.
Y liada por otra persona me metí en el consejo escolar.
Ya no había marcha atrás.
Tenía que hacer todo lo posible por intentar abrir la mente del cole de mi hija. Aunque en mi interior rondaba la idea del conformismo. El tiempo y el uso haría que yo relativizase o asumiese lo que hay. Y eso me entristecía mucho. Muchísimo.

Vi pequeños cambios. Celia jamás volvió a ser castigada y me comentaba otros métodos más respetuosos cuando su profe y ella tenían un desacuerdo. Pero al final, me repateaba que con tres años tuviese que hacer un dibujo todos los fines de semana. O tuviese que comer el almuerzo si no tenía hambre para poder salir al patio. O no pudiese salir si llovía...

Sentía que mi hija estaba encarcelada y se perdía los mejores años de su vida.
Mi deseo de cambiar algo era mayor que mi esperanza.
Pero quise agarrarme a eso. A que tenía una misión para con ella.

Hasta que un cambio de rumbo interrumpió lo que yo creía encarrilado.

Pero ese, es otro tema.


CLC

domingo, 7 de diciembre de 2014

19 MESES DE LOCURA






Literal.

De la bonita y de la no tan bella.

El hecho de no poder bajar la guardia, de no tener ni un minuto para mis pensamientos cuando él está despierto, de saber que un silencio es igual a un desastre en la misma medida, a veces, se convierte en un motivo de enajenación mental.

¡Oh Universo! Yo quería un príncipe salvador y me has mandado un Dothraki encantador… esta me la apunto –y te la guardo-.

Si mis condiciones fueran otras, mi hijo es para partirse de risa. Pero son las que son y las acciones de mi benjamín me hacen perder el color de la cara varias veces al día. De hecho, hay algo que he visto en Celia que no había visto hasta el momento. La lástima. Le doy lástima.
“Siéntate mamá, ya lo recojo yo”

Es bueno, creo. Al menos me viene bien saber que no soy yo la que se lo toma todo a la tremenda. Realmente, doy lástima.

Y risa. Cuando cuento sus hazañas todo el mundo muere de risa, aunque al otro lado del whatsapp esté llorando. Que ahora, con perspectiva, puedo entender que se rían. Pero soy yo la que piensa en instalar un desfibrilador en casa, la que piensa en poner la cubertería de plástico para evitar que sea enchufada – literalmente-, la que llena cubos de agua del suelo. 

Manuel dispara y después apunta. No aprende de la observación. No. Sólo observa lo que es inalcanzable físicamente para él, osea, los aviones.  Él aprende de los golpes, sustos, aplastamientos, caídas, quemaduras y todo lo que pueda ser experimentado en propias carnes. Imita de la forma que pueda hacerlo un bebé de 19 meses. Lava ropa y pañales a su manera. Ha aprendido a enjabonarse la cabeza, poco importa el lugar, el momento y el jabón en sí. La acción, está hecha. Arregla cosas destrozadas por él anteriormente, a su manera.

Es gracioso esto del karma. Me parto con él. Pensando que había ganado una gran batalla al aceptar como un corderillo (esto no me lo creo ni yo, pero quiero darle dramatismo al asunto) una niña que me acompañaba a todo. Lugares, emociones, pensamientos. Pensaba que mi asunto terrenal estaba cubierto con eso. Que ya había matado mi ego. Que aprendí a compartir hasta mis pensamientos.

¡Alma de cántaro!

Al principio molaba. Este segundo me necesita menos. Es más independiente. Me acostumbré a la soledad en el baño. Hey! Eso estaba bien.

Ahora veo que hay un precio a pagar. Ahora, debo encerrar a mi hijo conmigo en el baño. Observo como tira todos los tarros, secador, toallas,… pero está a salvo.

En el momento en que no acepta de un modo amigable mi compañía forzosa, lo único que me consuela es que vivo en un bajo. Y me repito cual mantra: confía en él, confía en él, confía en él, … y no falla! Nunca llego al quinto. Por eso no lo interiorizo, no puedo repetirlo las suficientes veces.

En el mejor de los casos, un ¡HALAAAAAA! Interrumpe mi cantinela. Esas veces molan. Mi niño está bien. Y ya me acerco con el cubo y el mocho. Aunque esa vez haya  sido la tele – qué resistente nos ha salido, más que los mandos, los tres que llevamos-
En un caso mediano puedo oír un aparatoso golpe y llanto ipsofacto.
En los casos que me infartan son los que oigo algo –o no- que no logro identificar – ¿atragantamiento con piedra del jardín?¿No rueda su moto por las baldosas? ¿camina sobre madera?-  y nada después.


Una me puso a prueba psicológicamente y el dos lo hace físicamente.
Vaya entreno. Casi que paso del tres.

Pero luego, viene la parte encantadora del tema. Y me desbanca.

Me siento como una adolescente. Me enfado hasta echar chispas y pone esa sonrisa. Cierro los ojos y sólo acierto a verle así, sonriendo. Y me vengo abajo. Pongo una cara de estúpida que se conoce demasiado bien y recojo el aceite del suelo valorando lo que ha avanzado con su motricidad fina y su fuerza.

O cuando descubre algo fuera. Algo que trae entre sus deditos, haciendo pinza perfecta,  y que yo debo coger esperando a que le salgan patas –¡jamás pensé que fuera capaz de esto, y la culpa es de esa sonrisa!-

O cuando (des)pronuncia “teta”, no hay manera. No habla muy bien. Vamos, no habla. Lo justo para ver leves avances y que no vaya a calentar la cabeza a un pediatra. Pero se hace entender. Desde los 3 ó 4 meses, hacía un ruidillo para pedir su adorada teta. Algo así “kjhkjhkhjkh” como un carraspeo.  Aún sigue haciéndolo. De hecho, ya no es teta, es kjhkjhkjh para todos.

El tema es que además se refiere a las cosas por el sonido que hace y no por la palabra. Aspiradora, animales, puertas, coches, caídas, … así es que así nos vamos entendiendo. Que es lo importante.

Es tan especial. Le quiero tanto. Es muy cariñoso, a su manera. Y me encanta su manera. No lo puedo evitar.

Como me dijo una amiga, estos torbellinos tienen en eso mismo su encanto, su fuerza y le adoro por ello. Por su intensidad.

Y hoy hace 19 meses. Mi bebé ya tiene 19 meses. Y sueño con un mañana más sosegado pero a la vez voy frenando el hoy.

Su mirada, la mirada entre hermanos. Celia lo es todo para él. La sigue, sin cuestionarse nada. Si ella está bien, él está bien.

Y yo, estoy de puta madre.

CLC




sábado, 29 de noviembre de 2014

LA HERMANA QUE NACIÓ






Nació ya sabiendo ser hermana. Igual que mamar. Preparada para compartirme y descarada para hacerme saber cuándo me necesita sin compartir.

Ha decidido volver a mamar, de forma simbólica. De vez en cuando hacemos un tándem más psicológico que literal.Pero que nos une a los tres.

Ella ha sido mi cómplice. Me anima a buscar –y me enseña a encontrar- huecos para nosotras. Sólo nosotras.

No se lo pongo fácil. Son dos, muy pequeños y yo, muy sola. A veces, muy cansada. Pero ella, aunque cueste creer, ha sido mi muleta. La que me saca de situaciones críticas, la que tiene la palabra o el gesto adecuado.

A veces siento que tiene demasiada carga, demasiada responsabilidad. No me gustaría ser yo la que se la imponga, quiero creer que ella la asume, que a ella le nace. Espero que así sea. La quiero niña de cuatro años, pero a veces la veo compañera de crianza.

Es capaz de enfrentarse a todo el parque en defensa de su hermano:  es pequeño,  no puede entender ciertas cosas,  no sabe hablar, hay que tener un poco de paciencia,… Es entrañable hasta la lágrima.

Es capaz de recordarme cómo un día relativicé con ella. Cómo no le importa que su hermano arrugue o destroce su dibujo si con ello está tranquilo y contento en el coche porque lo importante es que esté bien.

Es capaz de bañarse dos veces si su hermano la reclama.

Es capaz de entender que a veces no puedo. Y, sobre todo, hace lo posible para que pueda.

Es capaz de hacerme babear cuando se refiere a él con un amor y ternura diferente a todo lo demás.

De esperar(me)

Es tan inteligente que sabe cómo evitar conflictos y solucionarlos en cuanto se presentan. Me encanta su frase: un momento mamá, yo tengo la solución, haré que quiera bajar del
mueble/mesa/bidé/baranda (esto es otro tema ¡qué tema!)…

Pero también tiene cuatro años, con los intereses y madurez que ello conlleva. Y aún lucha por gestionar sus emociones.  Emociones que cada día expresa mejor.

Es muy fácil atajar un problema si tu propia hija te dice que no sabe por qué pero hoy no quiere jugar con Manuel. O que no sabe qué hacer para que Manuel deje de gritar. O te pide ayuda para conseguir algo que tiene su hermano y que no quiere cambiarlo por nada. Es muy fácil cuando no hay gritos ni choques. Y sorprende cuando en un minuto ha ideado un plan.

La hermana que nació, me enseña como hermana. Ella ha vivido cosas que su hermano no y de una forma serena y respetuosa se lo hace ver. Y a mí también.


CLC

sábado, 22 de noviembre de 2014

PROSIGO





No tenía muy claro por dónde empezar. Si por la hermana que nació, por la mujer que ahora soy, por mi renovada maternidad, por el irreemplazable hueco que se ha hecho mi pequeño, por la nueva vida que me ha convertido en tía, por mi nueva vida…

Dejé de escribir porque no lo necesitaba. Me dediqué a VIVIR mi maternidad. Llenaba mis huequitos de escritura con lectura alejada de las tetas y de cómo criar mejor.

Mi pequeño Manuel estaba colgado de mí. Y yo de él, aunque, esto último, de un modo menos literal. Seguíamos siendo YO. Y también estaba Celia. Y su cole.  Y mi “chute” posparto.

En un año nuestra vida ha cambiado mucho. Pero hasta ahora no me ha apetecido compartirlo. Lo que ha determinado este cambio ha sido dos cosas:  por un lado, parece que comienza la cuesta abajo, por otro,  alguien muy especial, me ha recordado a la CLC que comenzó esto, me ha mostrado que sigo aprendiendo. El porqué de este blog.

Esa deslumbrada CLC por su hija, esa fascinación por todo lo que le rodea, no puede quedar en anécdotas de whatsapp. No. Mis hijos siguen creciendo, me siguen enamorando, emocionando, enseñando… y ellos deben saber que su madre también crece con ellos. Que no siempre ha sido madre, que no siempre lo ha sabido todo. Que nunca lo sabrá. Por eso, aunque no sea la misma CLC que empezó esto, soy la mamá de Celia y de Manuel y sigo queriendo que me “vean” aprender de ellos.

Gracias María, por re-inspirarme. Por recordarme. Y por encontrarnos.

CLC










domingo, 13 de julio de 2014

VIKINGA: SEIS MESES


Todavía recuerdo ese olor.

¿Pueden dos bebés llevarse 9 meses?

Aún mi dormitorio olía a oxitocina y recibí ese mensaje. Recuerdo que pensé lo maravilloso que sería vivir lo que yo acababa de vivir cada nueve meses. 

Y lo viví. Ocho meses después, mi media naranja maternal me regaló la oportunidad de recordar, de vibrar, de volver a oler.
Vivi su embarazo y viví su parto. La preciosa Vikinga soñada nos cambió la vida.


El sábado 11 de enero el ambiente era ligeramente diferente. Los mensajes de mi amiga "sonaban" distintos y yo... me uní fisiológicamente a su causa.

No me equivocaba. De madrugada un dos tres mensajes me alertaron de que rompió la bolsa. Contracciones rítmicas, suaves y espaciadas. El plan era seguir durmiendo con el volumen del móvil más alto. Lo primero no fue posible.

"Bien, esta niña mola", era lo que mi cabeza no paraba de repetir. Conciliar mi bebé de 8 meses con mi primera ausencia por varias horas, era mucho más fácil en fin de semana y por la noche puesto que mi marido se ocuparía de todo.

Y vaya si moló...

Nos dio tiempo para organizarnos, disfrutar del parto, dar teta, whatsappear,...

La oscuridad se llevó la oxitocina y el domingo 12 sintonicé con la parturienta mediante móvil. Aprovechó para jugar a las cartas, comer con contundencia, seguir disfrutando de su parto, con tranquilidad. 
El ritmo descendió, pero no se detuvo. En casa no pasa eso. En (cierto/s) hospital sí. Se necesitaba un respiro. La pequeña decidió descansar y dar margen para seguir organizando tantas cosas en la vida extrauterina...

Moría de ganas por ver a mi amiga, por recibir un mensaje diciendo que se necesitaba mi presencia. Pero esta vez no se trataba de mi. Ni de ella. Algo le diría cuándo reclamarme. Incluso, pensé que pudiera no hacerlo. Sólo tendría que sentirlo y yo la acompañaría, pero desde mi casa.

Y llegó. Ese mensaje dió el pistoletazo de salida a "mi" viaje. Iba a asistir a un parto que no era mío, que era de mi amiga.
Un rico café con mi querida parturienta, su increíble compañero y Amanda,, que vino para ver cómo iba. Creo que pocas tardes han sido tan especiales en mi vida. 

Las contracciones seguían tímidas, pero la noche se acercaba y, con ella, la oxitocina volvería a aumentar el caudal. Ya íbamos para 24 horas con la bolsa rota y sombras de inquietud aparecían por la cabecita de mi amiga. Amanda trató de tranquilizarla pero no es una chica fácil y recurrieron a artillería pesada.
Un poco de rebozo y un zumo con ricino mientras charlábamos y reíamos junto a unas velas, maravillosa estampa de mujeres poderosas invocando la cuesta abajo que estaba a punto de empezar: la oxitocina nos encontró, a lo salvaje.

Amanda se fue un poco antes de la "fiesta" y volvería a nuestra llamada.
Mi amiga se lanzó a lo suyo charlando y riendo aún entre contracciones. Su compañero y yo decidimos hacer un baño turco en su salón añadiendo agua hirviendo a la piscina de partos para que no se enfriara ya que sólo podría meterse hacia el final por la bolsa rota.

Mi pequeño me reclamó lo justo para no ausentarme durante mucho tiempo. Como si ambos bebés se pusiesen de acuerdo.

A mi vuelta, cesaba ya el jolgorio entre contracciones y se concentraba en descansar. Los parturientos se mimaban endorfinando también a la preciosa bebé. El ambiente olía a jazmín, a calor y a amor.
Amanda regresó y aprovechamos la cocina para hablar y dejarlos solos.

Mi amiga empezó a dejar de ser ella. Nacía como una diosa con las cosas muy claras, perdiendo el contacto continuo con el medio. Iba la diosa y venía mi amiga y ambas se alternaban en una danza maravillosa que dejó su parto plagado de contrastes.

La exploración y su disgusto al no haber dilatado lo esperado marcó un hito.

Un "ahora me toca parir" apareció en su cara en forma de actitud de tomar las riendas y, ahora sí, se abandonó a su cuerpo.

Se tumbó en su cama, decía que no soportaba el calor del salón (claro, mierda de doula estoy hecha, no conté con eso) y ahí estuvo durante una hora y media tras la exploración.

María llegó en silencio y de pronto me encuentro con una magnífica escena. Ella, endorfinada hasta la médula, se dedicó a dilatar a lo loco hasta llegar a completa en un suspiro. Bueno, creemos que llegó a completa porque, ni cabeceando la Vikinga con todo su poder, permitió una nueva exploración. Y, claro, sus deseos son órdenes.
Pero, volviendo a esa hora y media en la que pasaron tantas cosas, recuerdo el ir y venir de mi amiga con sus genialidades.
De cuando en cuando, la diosa se dejaba adorar: su compañero siempre a su lado, sereno y amoroso, le acariciaba la espalda apoyando su cabeza en ella. Ese buen padre siempre dispuesto a aprender, a acompañar y dar, renacería en pocos minutos también. María a los pies y Amanda en la barriguita. Acariciando, acompañando. Ella no quería estar sola y no lo estuvo. Yo, ¡al culo! Juanjo me decía en mi parto que "soltase" y ahí estuve, sugiriendo laxitud.

Aprovechando una bajada de guardia de la diosa, mi amiga me pidió que le dijese algo positivo. Lo único que se me ocurría era que me pasase un poco de lo que hubiese tomado, que yo quería ese colocón. Apenas se le entendía al hablar. En lugar de eso, miré el reloj y les hice saber que ningún lunes sería igual. Acababa de entrar el día del cumple de la Vikinga, ya sólo faltaba ella. Y no quería perdérselo.

La diosa volvía a dormir mientras mi amiga nos hacía saber que sentía una locura... una presión abajo.
Una pena no haber grabado nuestras miradas. Miradas que hablaban, por lo visto, porque la diosa dotó de aracnosentido a mi amiga ya que nos preguntó que qué pasaba. Lo que nos confirmó que todo el mundo se enteraba menos ella... su niña estaba a las puertas.
Y aquí tuve un regreso a mi parto. Mi amiga no estaba y su compañero, con un lenguaje claro y sencillo, le hizo recordar su deseo de que Vikinga naciera en el agua. Se levantó y se fue al salón, a la piscina.

Allí empezó el desenfreno. Una lucha desigual de mi amiga con la diosa en la que la segunda ganaba gritando, desconectándola y elevándola al infinito. Y un compañero que encajaba con sonrisas y amor las embestidas del poder mas salvaje y primitivo que tenemos. Había equilibrio.

Vikinga estaba aquí, la veía. 
Su madre descansaba y le dedicaba palabras de amor, sus últimas dentro.

Me embargaba la emoción y el orgullo por esas tres personas que había en la piscina.

Mi amiga ya era una diosa fuerte y capaz. Desprendía una energía indescriptible.

Yo no podía apartar la vista de aquella cabecita naranja que se plegaba para salir.

La soñé pelirroja, no podía ser, me estaba sugestionando... era rubia, sí, ¡era rubia! 
¡Qué rubia es!,desvelé a sus padres debido a mi privilegiada ubicación.
Era maravilloso ver a mi amiga tocar a su hija por primera vez. La tocaba, le daba ánimos y volvía a abandonarse.
Y sacó la cabeza, con sus vueltas de cordón. Y la leona agarró a su cría y la arrastró hacia un eterno abrazo lleno de besos y palabras de amor. Y la olió. Y la olimos.

Y sucumbimos a las emociones. Volvió a ocurrir. Un nacimiento, una luz, una muerte maravillosa y necesaria.
Mi diosa amiga parió a su preciosa pelirroja.
Una niña que siento como un poco mía y que siempre seré un poco suya.
Una Vikinga tragona que ayudó al alumbramiento del órgano que murió.

La emoción no me permitía pensar mucho. Era hora de volver con mi familia, pero sentía que dejaba a mi otra familia. Algo cambió, algo muy muy fuerte nació. Y volví en mí. Y de camino a casa vi a mi amiga feliz en su cama, el sincero abrazo del congelado y olvidado padre junto a la piscina. El adiós con un hasta mañana implícito. Y llegué a casa, continué llorando y abracé a mi pequeño dormilón y a su padre, que gracias a él, que cumplió mi labor durante unas horas, pude vivir plenamente lo que acababa de ocurrir.

Al día siguiente llamé a mi madre y le pregunté cómo se superaba aquello. El corazón me explotaba de euforia y amor. Una euforia que tardó mucho en empezar a enfriarse, un amor que nunca lo hará.

Nunca agradeceré lo suficiente el privilegio de haber vivido aquello.

¡FELICES SEIS MESES!

CLC

jueves, 5 de diciembre de 2013

Un año, un mes, un día.




Voló la pequeña junto a la mediana.Y el mismo camino de vuelta con los brazos vacíos.

Las palabras se me agotaron antes de salir. La negrura sólo tiene el tiempo como disolvente.

Y ahora, todo el mundo tiene las respuestas menos ella. Todo el mundo da por supuesto aquello que aún no ha imaginado. Llevaba más tiempo con ella del que ahora lleva sin ella. Y nadie lo ha pensado.

Su presente no debe mirar el futuro. Debe ser caminado para que las respuestas vengan cuando las preguntas sean formuladas por ella misma.
Porque la vida solo la vive el que la tiene. El que la quiera, que se compre otra.

Ahora toca abrazar esos brazos vacíos. Acompañar esas lágrimas. Respetar el silencio.

Y pedirle a esas estrellas que iluminen el camino. Que cuiden de ella.


Uno + uno+ uno,  son tres. Siempre serán tres, puede que alguno más, pero ninguno menos.

lunes, 22 de julio de 2013

Un adiós como bienvenida


Hace un año y quince días perdía mi segundo embarazo. Mi regalo de aniversario se esfumó antes de terminar el festejo por la noticia.   
   
Mi bebé precioso decidió que no era su momento, pero aún así recuerdo que no había consuelo. La negrura de su marcha tiñó mi alma de sangre.

Le lloré tanto. No quería ningún nuevo embarazo. Quería ese bebé que luchaba contra mis ganas.

Y ese bebé , tan pequeñito, tan sabio, me regaló a Manuel. Su marcha permitió que yo esté ahora porteando a este dulce angelito que llena mis días de amor y serenidad.        

O quizás su alma nunca se fue y quiso demostrarme, de la única forma que podía, que su llegada no la decidía yo.

Sea como fuere, la tormenta dió paso al más hermoso y soleado de los días.

Gracias pequeño Gran Maestro.

Tu madre, 

CLC

domingo, 30 de junio de 2013

Quién merece a quién.


-Si una madre es capaz de hacer eso a sus hijos es que esos hijos no merecen a esa madre.

Qué gratuito es hablar. Qué atrevida la ignorancia. Qué narcisismo el de creer saberlo todo.

Imaginen una mujer y madre que tiene que lidiar con su forma de criar ante la falta de respaldo en la familia. Día a día. Todo se cuestiona. El tiempo no es su aliado para su modo de crianza. 

Imaginen una madre tan respetuosa con el de enfrente que decide pisar sus propios principios para que los otros puedan invadirla tranquilamente.

Imaginen una mujer que decide aparcar su vida profesional para dedicarse en cuerpo y alma a una segunda oportunidad maternal. Para hacerlo a su manera.

Imaginen una madre que vive su primera oportunidad maternal como una lucha constante. Entre lo que cree ella y lo que realmente se hace.

Imaginen que esta madre llega a vivir el aumento de su familia como uno más que la dirija.

Imaginen que su propia madre le recrimina los consejos que da y que para ella no tiene.

Tiene que tragarse su filosofía acatando tratamientos médicos que supuestamente le vienen mejor. Acatando directrices de trabajo para que nadie piense mal. Acatando quejas del mantenimiento de su hogar. Porque todo le es cuestionado y todo es cedido por parte de esta mujer.

Incluso su círculo sabía de su situación y aún así le decíamos lo que tenía que hacer cómo tenía que hacer.
Sabíamos de su profunda tristeza y pospusimos cafés, conversaciones, abrazos. Pospusimos la alegría que ya le habíamos dado antes.

Y nadie tiene la culpa, y todos tenemos la culpa.
El cambio estaba en ella, pero es difícil cuando has aprendido a no defenderte. La preparación profesional, la preparación maternal y el propio instinto queda acallado ante un hecho cuestionado.
Ante un rol que se da por supuesto. Ante un modelo de vida que "debe ser el correcto".

Esa persona es tan pequeña ya, tan pequeñita, que ya cree ser el obstáculo para el buen desarrollo de sus seres más queridos. Y eso es lo que más le duele. Los suyos.

Entonces, por fin lleva al final su decisión, por ellos, sin dudar, sin dejarse pisar. Deja que todo lo que parece estar bien, esté mejor. Así lo siente y así lo hace.

Quizás seamos nosotros, los de este mundo, los que no la mereciésemos.

Ojalá, no haya más madres que no puedan más.

Hasta siempre.

CLC

jueves, 13 de junio de 2013

"TODO" es poco


Hoy hace 32 años, una joven ingresaba de parto en una clínica. Al no avanzar el asunto se le hizo una placa de Rayos X - recursos de la época-. Y ahí estaba el quid de la cuestión.

El esperado bebé no era uno. Eran dos.

Me encantaría tener esa radiografía. Mi suegra lo describe bien. Ambos mirándose, ambos sentados.

Posiblemente, una que los conoce desde hace casi 16 años, no se ponían de acuerdo en quién debía salir antes. Ambos cediendo su turno. Esas buenas maneras...

Escribiendo este último párrafo, he podido imaginar una futura sonrisa en la cara de Celia. Mis niños, cuando tengáis unos -muchos- años más, también imaginaréis a "esos dos" terriblemente adorables, y  sabréis perfectamente a qué me refiero... 

Ambos me encantaban. Su relación, su amor mutuo, su conexión. Incluso, su dependencia era entrañable. Siempre he pensado que han sido dos de una persona pues parecen totalmente complementarios.

De uno me enamoré, a lo loco, perdidamente. Y del otro... ¡también! Pero un amor diferente.
Vuestro padre es mi seguridad y serenidad. Un compañero con el que encajo perfectamente. Es mi amor.
Pero F. es un soplo de aire fresco, alegría y sal de la vida de cualquier persona. Jodidamente brillante y guapo y lo mejor es que no es mínimamente consciente de ello.

Aún recuerdo su primera separación larga por motivos laborales. Manuel parecía tan perdido, tan triste...tarde o temprano iba a pasar y debía sobreponerse, pero se me encogía el corazón cada vez que miraba a sus ojos cuando recordaba a su hermano.

La palabra tío es accidental. Padrino, en el caso de Celia, se queda corto. Lo que F. es en vuestra vida es mucho más. Es, casi padre.
Ha sido mi coartada, mi consuelo en malos momentos y mi preocupación en otros. Ha sido para mí mucho más que mi amigo, mucho más que mi cuñado. Puede que más que mi propio hermano.
¿Cómo va a ser sólo vuestro tío?
No hay coche lo suficientemente grande, o casa, o mundo para regalar a Celia. Y, ahora, a Manuel.
Horas y horas en pensar el regalo perfecto.

Inolvidable esa mirada cómplice y pura que Celia le dedica casi desde su nacimiento. Siempre ha sido uno más de nosotros Mamá, Papá y F.

Recuerdo una vez que me quedó muy grabada. Celia era pequeñita. Él me notó rara. Lo estaba. Estaba pasándolo mal. Celia no paraba de llorar de unos brazos a otros que intentaban calmarla o dormirla. Pero sabía que me anhelaba a mí... y yo a ella... 
Sólo le miré... y miré a Celia, de un modo completamente instintivo, sin intención. Y ahí entró su instinto. Un instinto que supera al de cualquier hombre que no formase parte del núcleo más íntimo de una familia...Puede que una mujer lo hubiese captado, pero un hombre con el que no haya una conexión especial, jamás.
Él me dejó ahí, en el umbral de la puerta y se fue. Y enseguida volvió con Celia - calmada en sus brazos, por cierto-.
Posiblemente él no entendía el porqué de mi malestar. Pero sólo le valió mi malestar para zanjarlo.

Cuando nació Manuel, me hizo un regalo a mí. Sólo para mí y para compartir con Celia. Un regalo que sabía que iba a necesitar y disfrutar. No era su valor, era su dedicación.

Son ejemplos que hacen una ligerísima y superficial idea de ese algo que nos une. Un "algo" fuerte, duradero y muy hermoso.

Jamás  Casi nunca he echado de menos vida de pareja -osea, de dos- cuando eramos novios. Lo mejor, esas discusiones de a tres en la cafetería. O en el instituto. O... donde se terciase.
Miles de recuerdos se agolpan en mi mente y casi todos tienen su sonrisa como fondo.

Detesto cuando no se valora a mi marido y me llevan los demonios cuando son ellos mismos los que no lo hacen.

Hoy, hace 32 años, no sólo nació vuestro padre, también nació nuestro apoyo.




Felicidades a ambos y a la madre que os parió.

CLC


viernes, 7 de junio de 2013

Made for being hugged


Hoy se ha despertado a las 5. Dos minutos después caí en la cuenta. Hacía exactamente un mes que me miró así por primera vez.

Y las nocturnas promesas de amor mientras duerme, esta noche, han aprovechado esa mirada rasgada para que sean recibidas más ampliamente. Hoy las he concluido amenazando con que suelo cumplirlas y he querido ver una sonrisa que ha llenado de lágrimas mis ojos.

Este niño es el dueño de mi serenidad. Y parece haberlo interiorizado. 
Mi tranquilo y afable dormilón, me enseña a desaprender mis técnicas para dormir, para amamantar e, incluso, para generalizar.

Ahora me toca asumir que prefiere su carro en ciertas ocasiones, o incluso los brazos de su padre.
¡Qué bien repartido está el mundo!

Pero sea como sea, sigo teniendo claro que está hecho para mis brazos. Ya sea por sus gasecitos o conato de síndrome de cuna con pinchos, ambas, suponen excusas perfectas para que ambos descansemos "unidos" por nuestra barriguita.

Felicidades mi precioso niño y gracias por hacer mi corazón un poquito más grande. 


CLC

lunes, 3 de junio de 2013

SPF


Oh! Nadie me habló de esto, pero he caído.

Me ha pillado a traición y gracias a ello voy haciendo el ridículo. Lo peor es que, gracias a ello, mi ridículo me da igual. 
O, mayoritariamente igual, porque soy capaz de verlo, de entenderlo y aún así no salir de ese estado.

Y este SPF no se conforma con hacer creer a mi psique que quepo en una 38. No, no se conforma con que la compre y exhiba mi lozanía. No se conforma con el "habla lucho que no te escucho" que le respondo a mi cuerpo cuando dice que es abarcado por completo por varias tallas más. Mi visa sólo compra cosas que me sirven: en sueños - o en el imaginario mundo del que parece no salir mi cabeza-.

Tampoco se conforma con mi permanente sonrisa, que parece que lleve un dildo a todas horas. 

Ni tampoco lo hace cuando no dejo de hablar de lo maravillosos que son mis hijos. Del rol que ha adoptado Celia o de lo bien que duermo gracias al karma de Manuel. No, aunque vea que están a otras cosas, yo sigo hablando de ello.

No tiene piedad en mi falta de vergüenza cuando he comentado con Amanda que me apetece mucho "maritar", que ya tengo sueños "de esos" y ella me retiene hasta que termine mi cuarentena.

No hay piedad. Con la que está cayendo y yo cada vez tengo más ganas de mandar al garete a mi jefe y aprovechar para hacer mis sueños realidad.

Pero lo que peor llevo es la pena por mis iguales. No me gustaría ser alguien que no sabe que es objetivo de mi condescendencia. La verdad es que no me creo más que nadie, pero sí siento que tengo más que mucha gente. Y de ahí, la pena. De las mujeres que no tienen, ni tratan de tener - summun de la pena-.
Me encuentro con que yo soy valiente, que soy firme, o incluso afortunada por haber tenido un buen parto en casa. 
Me encuentro con un yo no podría, yo no sabría... o algo peor... un parto sin "yo", un parto con un   "me". 
Y muero de la pena.

Esas mujeres de las que hablo me saturan el correo con cadenas de esas que hablan de todo lo que es capaz de hacer una mujer y/o una madre. Vale, todo ello en detrimento de lo que haría un hombre. Pero a mí me interesa la otra parte del Power Point. Esa parte que habla de lo capaces que somos. Incluso me incomodo cuando hablan de los asuntos relacionados con las tareas del hogar... yo ahí tengo mis limitaciones... 
Esas mujeres que pueden hacer varias cosas a la vez, rozando la imperfecta perfección, que tiran del carro siempre y lo hacen con amor y cariño. Que abarcan hasta lo más superfluo. 
Esas mujeres, se declaran total y completamente incapaces de dar a luz de la forma que diseñó la naturaleza para nosotros. 
Es, no sé, como si dejásemos nuestras relaciones sexuales en manos de terceros.  ¡Noooo eso no! las terceras personas rompen las parejas... las díadas... el amor... nuestro motor... nuestra fuerza.
Hay mujeres que son capaces de tener dos trabajos y una familia, pero se mueren de miedo u horror si se plantearan un parto natural. ¿Y la valiente soy yo?
¿Por qué hemos olvidado nuestra naturaleza? ¿En qué momento dejamos de asumirla? Da la sensación de que hemos sido lobotomizadas y reprogramadas con películas de terror con niños muertos y úteros que estallan.
¿A quién asusta el poder de una mujer consciente de ello?
De qué me vale tener ese poder desde mi nacimiento si no puedo -o quiero, que es peor- asomarme a verlo. 
Eso me da mucha pena porque siento que se pierden algo muy muy grande. Muy, muy, intenso que puede cambiar el rumbo de sus vidas.

Es una de las cosas que quería mostrarle a Celia con el nacimiento de su hermano: la fuerza de una mujer. Su poder. El verdadero. El primero. El de la supervivencia. Sin drogas ni oxitoccicos, sin manipulaciones.
Y cuando vives eso. Esa fuerza, hay algo que muere en ti y algo que nace.

De repente te descubres en el cristal de un escaparate -¿buscando una 38?- , siendo portadora de esa sonrisa... sonrisa de saber algo que poca gente sabe...
Y como estás tan subidita, te permites el lujo de contagiarla. Y lo logras. Y te subes más. Aumenta tu felicidad y la certeza de que ese poder existe y es bueno. Y necesita ser recordado.

El instinto se agudiza y rechaza automáticamente lo negativo. De ahí mi "ya nada me hace daño". Modo optimización de energía ON 24 h. Lo que retroalimenta la positividad y ganas de saborear mi mundo.

Pero luego miro a mi alrededor y me entristece ver las pocas mujeres con las que puedo contar para  compartirlo. En el mejor de los casos lo puedo predicar. Pero en general me encuentro así: Loca con SPF sola y sin posibilidad de medicación. 

No debiera abrirse ventanas que no se pueden cerrar después. Deberían prohibirlo. Aunque, puede que así sí sea atractivo y seamos más las mujeres con este maldito Síndrome de Parto Feliz.

La cosa se complica cuando cada mañana me encuentro con estos ojos, ¿cómo no voy a tener el pavo subido? Maldito SPF.

Es cierto que muchas mujeres confesarán haber tenido un parto feliz, pero pocas confesarán haber padecido este extraño síndrome.

CLC.


PD: Mi madre también ha sido contagiada, entre otras... 


martes, 14 de mayo de 2013

7 de mayo de 2013: Vencer al dolor




En mi cabeza retumbaba con fuerza "Now we are free" de Gladiator. Sí, de película, pero menudo broche final. Y él, apareció entre mis piernas.



** Decidir tener a mi bebé en casa era una idea que barajaba, pero que no aseguré hasta que conocí a Juanjo, en un coloquio informal en un parque. Ese día acabó con una frase que gritaba en mi mente: Parirás a tu hijo con amor.
Hoy digo que he vivido una versión enriquecida con la incorporación de Amanda.
Hacen un perfecto equilibrio entre lo espiritual y lo racional. Ambas cosas en alternancia, las he visto necesarias durante el proceso de nacimiento de mi precioso niño Manuel.**



Tras una movidita semana anterior y fin de semana de locura que ha incluido papeleos laborales, preparación de fiesta de cumpleaños, fiesta en sí, comunión con 3 horas en coche de retorno debido al fin de semana motero de Jerez, mi cabeza fantaseaba con una maravillosa semana de descanso y sobes de ombligo casi permanentes.

El lunes seis comenzó de lujo con rico café tras dejar a Celia en el cole. Ahí comenté mis planes de descanso a la camarera del lugar del que somos habituales. Continué con un fabuloso masaje en las piernas. Un lujo para una embarazada de 39 semanas. Después recogida de mi primer parte de confirmación de baja y a casita, a cotillear Fb, a tumbarme y a rascarme la barriga. Justo cuando empezaba a aburrirme, llegó la hora de recoger a Celia.

A la tarde (7:30 o así), la meto en el baño y me da un golpe de tos. A la par que la tos, noto un golpe en los bajos y un líquido que sale inevitablemente a traición.
Se me pasó por la cabeza que se me había explotado la vejiga - claro, eso tiene más sentido que romper la bolsa en un embarazo a término...-, era una sensación parecida a la que tuve en Cádiz, pero el líquido era más abundante.
En mitad de mi estupor, llegó Manuel de trabajar y le digo que creo que he roto la bolsa o la vejiga... que bañara a Celia que yo me tenía que poner algo. Sigo alucinando con lo ocurrido porque me pongo a deambular por la casa ¿ya? ¿pero si no estoy de parto? Nacerá esta noche, ya mañana quizás...vaya, no se me ocurren operaciones aritméticas con el 7, el 5 y el 13 que cuadren...
Estoy perdida de líquido, es transparente y sigo dudando si es pis...me meto en la bañera desalojada por Celia y le digo a Manuel que mire como cae por si lo viese algo amarillo. Me dice que parece agua pura.

Pero yo no me lo podía creer. Hasta que una descomposición intestinal brutal se apoderó inmediatamente de mi ser. Bien, estaba de parto.
Llamo a mi madre para que vaya viniendo a casa.

Hago consulta por whatsapp a Juanjo y hablamos después por teléfono. Le dije que no tenía ni un amago de contracción y que mi bebé se movía estupendamente, eso sí, ya se estaba ocupando mi cuerpo de dejar limpitas las "vías". Quedamos en que le llamaría cuando el asunto se animase, aunque él ya me dijo que esta noche tendríamos "fiesta". Recibo después un mensaje de que con la bolsa rota no puedo meterme en la bañera, que mejor duchas... Y me quedo un poco chof...

Tras hacer unas fotos que tenía en la cabeza para editar un vídeo del nacimiento de mi segundo hijo, decidí poner en marcha las técnicas de relajación de hipnonacimiento y/o tratar de dormir. Le dejé mi móvil a Manuel para que fuese informando a mi media naranja maternal si lo veía oportuno.
Estuve durmiendo unas horas y a eso de las 10:00 de la noche me desperté con la idea de arroz integral para coger fuerzas, ya que estaba empezando a notar "movimiento". Mi madre había llegado.

Comí algo de arroz pero enseguida el parto me llevaba a recogerme y a centrarme en él.

Me tumbé en el sofá, con música relajante y una romántica luz y me puse a respirar las contracciones. Me dormía y despertaba, totalmente serena y semi consciente. Recuerdo el frío, estaba helada, temblaba. Tuvieron que poner un calefactor. Manuel me masajeaba, me abrazaba, me besaba. Me ayudó tanto estimulando mis endorfinas...
Celia ya no estaba, estaba durmiendo. 
Mi madre se asomaba cada poco para ver cómo iba la cosa. Pero poco después, a eso de las 12, apareció un dolor en la contracción que identifiqué como de "gases", era hacia la ingle derecha. Ese maldito dolor hacía muy dolorosa la contracción y me llevaba a adoptar posición de cuatro patas - mi posición estrella en este parto- o apoyada en la pelota recostada hacia el brazo del sofá sobre unos cojines. Tenía también dolor en la espalda que fue acentuándose a medida que avanzaba el parto, pero ese no me atormentaba del mismo modo.

Juanjo y Amanda llegaron y les describo la sensación. Y Juanjo me manda al baño a "peerme" -curioso el nivel de confianza que llegas a adquirir con las matronas, en todo momento les sentí parte del proceso-, pero nada...entraba con Manuel al que me agarraba cuando venían las contracciones mientras él me acariciaba.

Esa sensación de presión/tensión era muy dolorosa y no podía librarme de ella.

Amanda me dijo que cuando quisiese "mirábamos cómo estábamos" y decidí esperar un poco. Las contracciones se hacían más y más duras y quedaba un ligero reflejo de esa tensión entre ellas. Eso sí, aún eran muy espaciadas. Supe que aún nos faltaba mucho por eso mismo, pero la intensidad de las contracciones me hacía pensar en lo contrario. Con Celia fue muy diferente. Fue rápido también, pero mucho más llevadero porque no existía esa tensión tan dolorosa, al menos, no tan al principio.

El dolor fue a más. Recuerdo a mis matronas y mi marido tratando de relajarme, masajeándome la espalda que por aquel entonces también dolía bastante. Me venía de perlas tener esas sensaciones en otros lugares de mi cuerpo para distraer la atención. 
Pero no podía estarme quieta. El cuerpo me pedía movimiento. Y cuando venía la contracción, ¡cuerpo a tierra! y a cuatro patas, moviendo la pelvis encajaba aquel dolor mientras sucedía la contracción.
Entre contracciones movía la boca, bebía (bebí mucho) y durante ellas exhalaba: aaaaaaaaaaaaaaaaaaa, pero no era como en el parto de Celia... eso no me liberaba lo suficiente... tenía que buscar otras alternativas.

Decidí que Amanda me explorase y casi me da un patatús cuando me dice que solo estoy de 3 cm. No lo podía creer... ese dolor tan intenso debía tener alguna explicación. Y la encontró.
Mi útero paría, pero mi querido ternerito estaba a otras cosas... de hecho estaba arriba, con la cabeza torcida, hacia atrás y apoyado en mi lado derecho... Ese dolor era mi cuello del útero -cuando ella lo tocaba hacia su izquierda, experimentaba ese dolor de tensión-, pienso que se modificaba hacia ese lado durante las contracciones ya que mi niño ejercía presión en un sitio que, directamente, no era... Claro, eso es, por eso noté en aquella contracción que mi pierna derecha no respondía. Empecé a "cuadrar" sensaciones con la información que tenía.

Recuerdo pensar: ¡pero es que mis dos hijos comienzan siendo indisciplinados desde su nacimiento!
Cómo me sonaban esas palabras: La niña está alta, no baja, no está colocada...
No, no podía ser, otra vez no. Pero este pensamiento ocupó un lugar espacio-temporal muy bajo en mi mente, porque lo siguiente que recuerdo es: ¡no pujes que le haces daño! y acto seguido le pregunté a Juanjo: ¿Si empujo le haré daño?
Él, con su voz, sólo con eso me dio serenidad. Me dijo: Si tu cuerpo te pide empujar, empuja. ¿Por qué le ibas a hacer daño? Tu bebé esta bien. Muy bien.

Y así, sólo con esto, olvidé las similitudes. Puede que mis hijos no pongan fáciles sus nacimientos - más adelante trataré de analizar un porqué, que seguro que lo hay-, pero su madre sabe entenderles y saldrá de esta con su hijo en perfectas condiciones. Porque ahora NO TENÍA MIEDO. No había dudas. Amanda fue clara y tuve una explicación racional. Además dijo que mi cuello estaba muy blandito por lo que en cuanto mi niño se colocase, mi dilatación volaría. No desactivé mi radar neocortical, no lo pude evitar, pero puede que también necesitase que así fuese.

Agudicé mi oído interior e hice exactamente lo que el cuerpo me pedía hacer. Posturas raras, sí, pero "my body rules". Además escuchaba las posturas aconsejadas por Juanjo y puede que alguna vez las llevase acabo y todo -otra indisciplinada-.

Y así estuve, no sé cuanto tiempo. Tratando de que el dolor no pudiese conmigo. Que no me llevase hacia su lugar. Pero fue muy difícil.
Recuerdo decirle a Amanda que si esto no paraba en breve, no creía poder soportarlo. Ella me ponía con frecuencia el "oyecorazones" y me decía que mi bebé estaba bien. Entre líneas quise entender que si íbamos al hospital sería "por expreso deseo de la madre". Y no... no había llegado hasta aquí para eso... No. Mi hijo está bien. Y yo lo estaba haciendo bien. Y si no me había caído redonda ya, no lo haría porque podemos parir a nuestros hijos.

Juanjo volvió a explorarme poco después y ya íbamos por seis, pero interpreté - radar - cierta desilusión en su expresión... Manuel seguía arriba y con la misma posición de cabeza, seguro.
Pero daba igual, sentí que todos estábamos pariendo. No estaba sola.
Juanjo iluminándome desde "lejos" -físicamente-, Amanda comprendiéndome desde cerca. Mi madre y mi marido me daban ánimos y mostraban su confianza en mí. ¿Cómo pueden confiar tanto en mí?

Unos minutos después, Amanda, como recién bajada del cielo, sacó su rebozo y ambos lo utilizaron conmigo. Me lo pusieron detrás, en la pelvis y agitaron con fuerza. Me "pillaron" en el baño, lo que no sabía es que cuando saliese de allí lo haría con mi niño en brazos.
No fue necesaria una segunda vez. Lo noté, mi niño ya "me pesaba" y volvió otra contracción y sólo quedaba el reflejo de esa tensión de la contracción anterior.
Juanjo me sugirió que subiese la pierna derecha, que apoyé en el bidé y la cosa aún mejoró más -debería haber hecho más caso a este señor, parece que sabe-. Él debió percibir que ya no me dolía delante, sólo me quejaba de los riñones y creí escucharle: "algo ha cambiado".Tras dos contracciones en esta postura y viendo cómo salía un moco sangriento de mi vagina, lo siguiente que recuerdo es el abrazo de mi madre. Manuel no estaba, creí haber oido a Celia toser... estaría con ella.
- Duele mucho mamá-
- Lo sé, si pudiera llevarme ese dolor-

Y me acordé de la última vez que me dijo eso. Tendría alrededor de 16 años, cuando me ponían penicilina mensualmente desde los 11 años porque me destrocé el bazo por una caída. Y me llené de amor.

Poco duró ese romanticismo. Lo siguiente que recuerdo es que me tiré al suelo. A cuatro patas, pero con las rodillas muy abiertas. Ya no había dolor. Una fuerza incontrolable se había apoderado de mí. Sí, algo había cambiado... estaba pasando... mi hijo se abría camino. Mi cuerpo empujaba solo y noté como descendía. Cómo se abría mi cuerpo. Y no había dolor. Sólo fuerza. Imparable fuerza. Descontrolada. Emitía sonidos más propios del "aberroncho" . No me podía mover, sólo podía meterme en mí y salir a la vez y aplaudirme porque estaba pasando. Estaba agotada pero frenética. Mi hijo venía y yo era consciente de ese camino. Lo estábamos logrando.
Recuerdo que ¿Juanjo? ¿Amanda? ¿mi madre? dijo que ya venía -¡eso ya lo sabía yo!-, pero supongo que sería para que dejase pasar a mi pobre marido que estaba con cámara en ristre y niña despierta en brazos. Ante lo cual, yo completamente obcecada, exclamé que no podía pasar porque estaba mi pie - premio a la lógica -.
Juanjo entendió que ahí yo era más "animal" que "persona" y llenó la bañera y exclamó: ¡La bañera está lista para recibir al bebé!
¡Bien! Frase correcta y fácilmente comprensible para mí. Y me cambié a la velocidad del rayo - puede incluso que me teletransportase porque no recuerdo el trayecto-, liberando la puerta.
Dije que el agua estaba muy caliente y Juanjo me dijo que estaba perfecta para Manuel. Entonces me pareció bien. Una vez dentro miré la pared. Justo hacía 2 días que mis suegros habían enmarcado el puzzle que Celia se empeñó en que nos empapásemos destrozándolo una vez hecho por 2ª vez, pues no resistió a la mudanza, La Maternidad (G. Klimt)

Pensé "allá vamos hijo mío".
Y volví a tirarme al agua. Sintiendo la presencia de todos y de más. Fue extraño, pero sentí a mucha gente ahí conmigo. Luego pude comprobarlo con el whatsapp... Y eso me dio mucha energía.

Estaba agotada pero desprendía mucha mucha energía. Creo que incluso podía generar luz... eso era... ¡estaba dando luz!

Pujé mucho, brutalmente. Percibí el escozor y supe que ahí estaba. Pero no fue inmediato. El escozor iba y venía y cuando venía lo hacía... escociendo más. Pero era agradable. Quería reír. Lo hubiese hecho si la fuerza no me hubiese "acompañado" tanto, claro... Tocaba mi vagina tímidamente y supe que no cabía... y yo no estaba muy dispuesta a esperar a que lo hiciese. Y en mi cabeza, Now we are Free...
Y de un pujo TODO mi bebé salió. Amanda lo recondujo entre mis piernas y lo vi... en el agua... con el cordón a su izquierda... con los ojos abiertos. Y lo cogí. Con casi toda su vérmix. Suave. Caliente. Mirándome. Sereno.
Observé su primera respiración, con un pequeño llanto ahogado.
Mi mundo se paró.
No lo podía creer. Era mi bebé y nadie me lo iba a quitar porque estaba segura de que todo estaba bien.
Parí y sentí que parimos todos los que estábamos ahí. Nació Manuel y sentí que todos nacíamos. Nada me puede herir ya si yo no lo permito.
Me siento grande, fuerte y capaz.
Celia nos miraba y, aunque no quiso acercarse, la noté muy presente.

Vencí al dolor: físico y emocional. Manuel ha venido pisando fuerte, "contándonos" no sólo a mí, sino también a su hermana, cosas que sabíamos que podían existir pero que no delimitábamos.

Cuando lo saqué del agua recuerdo una gran ovación. Sí, esta es mi gente, ruidosos en todas las celebraciones... me sentí tremendamente orgullosa de todos y cada uno de los que allí estaban. Manuel, padre, irradiaba una felicidad que nunca había visto. No olvidaré aquella mirada llorosa.

Ellos fueron muy importantes. No me cansaré de repetirlo, porque, aunque yo hacía lo que mi cuerpo me pedía y a mi cabeza le daba la gana, a veces me venía abajo y, ellos, con una mirada, con una caricia o con un gesto involuntario, recargaban mi energía.

Y valoro tanto esto porque un día, hace tres, años me faltó.

Porque el rebozo sustituyó a una ventosa.

Porque aunque estaba pariendo, no era ninguna niña. He comprobado que era capaz de escuchar y asimilar las explicaciones oportunas acerca del estado de mi parto.

Porque no vi a mi hijo a través de una videocámara.

Porque cuando lo vi, lo vi hermoso, tranquilo sin miedo en sus ojos. Sin bultos deformando su cabeza.

Porque fue capaz de dormirse a los 5 minutos de comprobar que su mundo había cambiado, pero todo estaba bien. No necesitó 4 horas para conciliar su primer sueño.

Porque salí de la bañera aún unida a mi hijo por el cordón, recibiendo toda SU sangre, lo que le dio un color rosado al instante.

Porque alumbré su "despensa" en mi cama. En nuestra cama. Dispuesta a descansar en el mejor lugar del mundo tras todo aquello.

Lo valoro y lo he hecho gracias a tí, mi princesa. Gracias por hacer posible este hermoso nacimiento de tu hermano. Esto ha sido por y para tí también.

Poco después del nacimiento y para quitar hierro al asunto pues se me estaban poniendo muy sentimentales todos, comenté que me había roto el culo - queda elegante elevado a infinito en el vídeo-.

Volví a activar mi radar ya que vi asentimiento y previsión de lo que podía haber ocurrido por ahí abajo en las caras de las matronas.
Y así fue. Me lo rompí. Me desgarré hasta el ano. Sorprendentemente, mi episiotomía anterior no se desgarró.

Por suerte, el esfínter quedó intacto por su cara interior, con lo que nos libramos de una visita al hospital...Y con eso y el arte con la aguja de Amanda - previa anestesia local -, añadimos una cicatriz más a mis bajos. Eso sí, infinitamente menos molesta que la episiotomía, aunque esté en un sitio más incómodo, he de confesar que esta chica también sabe lo que hace...

No he perdido el control de mi uretra. Tampoco tengo hemorroides ni fisuras ni nada de lo que me encontré en el anterior parto, al menos de momento. Parece que sin pujos dirigidos, el cuerpo se recupera mejor...

Manuel pesó 3,600 Kg, midió 49 cm y circunferencia craneal 37 cm. Apgar 10/10/10. Nació a las 5:02 am.

Después del trabajo bien hecho y dado que mis niños habían decidido desconectar esa noche, brindamos con champán.

Y nuestros cuerpos se abandonaron a morfeo una horita o así.  Cada uno encontró su hueco. Como si fuese su casa. Como si todos fuesen mi familia...

Después, desayunamos chocolate con churros. Y mis matronas, mi nueva familia, se marcharon a descansar tras comprobar que todo estaba mejor que bien.

No sé cuando se durmió Celia, la eché de menos, pero ella sabe muy bien lo que necesita, y en ese momento ella necesitaba desconectar y procesar todo lo vivido.

Al día siguiente, lo primero que hizo fue venir a mi cama. Nos besó a Manuel y a mi. Fue la primera vez que se acercó a él. En el momento más privado que había. Solos Manuel, ella y yo.  Me abrazó fuerte y se fue a desayunar.

Poco después volvió a aparecer, con sus ojos llenos de amor por su hermano pequeño. Y yo, creyendo que mi corazón no podría soportar más ese amor y felicidad desbordante. Pero no, no explotó, porque aún me quedó algo más que escuchar:

- Mamá, te quiero por lo que has hecho esta noche.


Concluyo aquí mi entrada, porque he llegado al tope de lo expresable con palabras.

Gracias a mis hijos, grandes maestros, porque sin ellos no existirían estos sentimientos. No existiría vida.


CLC